El lado oculto de las renovables: cuando la transición energética tropieza con la realidad

El lado oculto de las renovables: cuando la transición energética tropieza con la realidad
En los últimos años, España se ha posicionado como un referente europeo en la carrera hacia las energías renovables. Los titulares hablan de récords de producción eólica y solar, de parques que brotan como setas después de la lluvia, y de un futuro verde que parece estar a la vuelta de la esquina. Pero detrás de esta narrativa triunfalista, hay una historia menos contada, una que huele a tierra removida, a cables sobrecalentados y a promesas que chocan contra los límites físicos de la red.

Si uno se aleja de los comunicados de prensa y camina por los territorios donde se instalan estos megaproyectos, encuentra un paisaje fracturado. En Extremadura, donde los paneles solares cubren extensiones equivalentes a cientos de campos de fútbol, los agricultores locales hablan en voz baja de cómo los grandes fondos de inversión han acaparado tierras que antes producían alimentos. 'Nos venden luz limpia, pero a nosotros nos dejan sin suelo', comenta un olivarero que prefirió no dar su nombre. La transición energética, en su versión más agresiva, está generando una nueva forma de conflicto territorial que pocos medios se atreven a explorar en profundidad.

Mientras tanto, en los despachos de las eléctricas, la euforia inicial por los bajos costes de la energía solar y eólica comienza a matizarse con cifras que no cuadran. La intermitencia de estas fuentes -el sol no brilla de noche, el viento no sopla siempre- está provocando curvas de demanda en la red que parecen montañas rusas. Para cubrir los picos, las centrales de gas, esas viejas conocidas que deberían estar en retirada, siguen encendiéndose a diario. La paradoja es dolorosa: estamos construyendo un sistema dual donde las renovables bajan el precio de la electricidad cuando funcionan, pero dependemos de los combustibles fósiles para evitar apagones cuando no lo hacen.

La tecnología que prometía resolver este rompecabezas -el almacenamiento a gran escala- avanza más lento de lo esperado. Los proyectos de baterías gigantes se anuncian con bombo y platillo, pero su implementación real tropieza con problemas de materiales, permisos y una simple cuestión de escala. 'Necesitaríamos miles de estas instalaciones para cubrir solo un día sin viento en invierno', explica una ingeniera que trabaja en el desarrollo de estas soluciones. Su tono no es pesimista, pero sí realista: la magia tecnológica no llegará por arte de magia.

En este escenario complejo, emerge un actor inesperado: el consumidor. Las comunidades energéticas, esos grupos de vecinos que instalan paneles en sus tejados y comparten la electricidad, están demostrando que hay otro camino posible. Más lento, menos espectacular, pero quizás más sostenible socialmente. En el barrio de Poble Sec en Barcelona, una de estas iniciativas no solo ha reducido la factura de sus participantes en un 30%, sino que ha creado lazos entre personas que antes apenas se saludaban. 'Esto no es solo energía, es recuperar el control sobre algo básico', dice una de sus impulsoras.

El verdadero desafío de la transición energética española no es técnico, sino de narrativa. Hemos pasado de un discurso de emergencia climática a uno de oportunidad económica, pero nos hemos saltado la conversación sobre los costes sociales, los trade-offs inevitables y los tiempos reales de los cambios. Las renovables son imprescindibles, nadie lo discute, pero su implementación masiva requiere una honestidad que hasta ahora ha brillado por su ausencia en el debate público.

Quizás el mayor aprendizaje de estos años es que no hay soluciones simples para problemas complejos. Cada megavatio verde instalado tiene consecuencias en el territorio, en la red, en la economía local. Reconocer estas sombras no es ser anti-renovable, es ser serio sobre lo que significa realmente construir un nuevo sistema energético. La próxima fase de la transición dependerá menos de instalar más paneles y más de nuestra capacidad para gestionar las tensiones que esta instalación masiva genera.

Al final, el éxito no se medirá solo en gigavatios instalados, sino en cómo repartimos los beneficios y los costes de este cambio histórico. Ese es el debate que debería estar ocupando portadas, el que combina kilovatios con kilómetros de justicia social. Porque una transición que solo funciona sobre el papel, o que solo beneficia a unos pocos, no merece llamarse transición.

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