En los laboratorios de investigación y las plantas piloto repartidas por la geografía española, se está cocinando una transformación que pocos ven pero que podría alterar radicalmente nuestro modelo energético. No es solar, no es eólica, no es hidráulica. Es el hidrógeno verde, ese vector energético del que todos hablan pero que pocos entienden realmente. Y mientras los titulares se centran en los megavatios renovables convencionales, esta tecnología avanza sigilosa, preparándose para el gran salto.
Lo primero que hay que entender es que el hidrógeno no es una fuente de energía, sino un portador. Como una batería gigante que puede almacenar y transportar energía. El truco está en el adjetivo 'verde'. Porque el hidrógeno puede producirse de muchas formas, pero solo una es realmente sostenible: mediante electrólisis del agua usando electricidad renovable. Así, cuando el sol brilla o el viento sopla en exceso, en lugar de perder esa energía, se convierte en hidrógeno que podemos guardar para cuando más falta hace.
España tiene aquí una ventaja estratégica que pocos países pueden igualar. Nuestro potencial solar y eólico es enorme, pero siempre hemos tenido el problema del almacenamiento. El hidrógeno verde podría ser la pieza que falta en el rompecabezas. Ya hay proyectos en marcha que dan pistas sobre lo que viene: en Puertollano, Iberdrola ha puesto en marcha la mayor planta de hidrógeno verde para uso industrial de Europa. En Cartagena, Repsol está desarrollando un complejo que combina hidrógeno verde con captura de CO2. Y en el País Vasco, Petronor avanza con su proyecto de valle del hidrógeno.
Pero más allá de los grandes proyectos, lo realmente fascinante está ocurriendo en aplicaciones que pocos imaginan. El transporte pesado, por ejemplo. Los camiones de larga distancia, los barcos, incluso los aviones regionales podrían funcionar con pilas de combustible de hidrógeno. Mientras los coches eléctricos de batería dominan el debate del transporte ligero, el hidrógeno se prepara para conquistar aquellos sectores donde las baterías no llegan. Y aquí hay un dato revelador: un camión de hidrógeno puede repostar en 15 minutos y tener una autonomía de 800 kilómetros, algo imposible con las tecnologías actuales de baterías.
La industria pesada es otro frente de batalla. La siderurgia, la química, la cerámica, el cemento... Sectores que requieren altas temperaturas y que hoy dependen casi exclusivamente de combustibles fósiles. El hidrógeno verde puede sustituir al gas natural en muchos de estos procesos, descarbonizando lo que hasta ahora parecía imposible de descarbonizar. En la siderurgia, por ejemplo, ya se están haciendo pruebas para usar hidrógeno en lugar de carbón coque en la reducción del mineral de hierro.
Sin embargo, no todo es color de rosa. El hidrógeno verde tiene desafíos importantes que resolver. El primero y más evidente: el coste. Producir hidrógeno verde sigue siendo más caro que el hidrógeno gris (producido con gas natural) o que los combustibles fósiles directos. Pero la curva de aprendizaje es vertiginosa. Los electrolizadores están bajando de precio rápidamente, y la electricidad renovable cada vez es más barata. Los expertos calculan que para 2030 el hidrógeno verde podría ser competitivo en muchas aplicaciones.
El segundo desafío es la infraestructura. Transportar y almacenar hidrógeno no es trivial. Es un gas muy ligero que ocupa mucho volumen, por lo que hay que comprimirlo o licuarlo, procesos que consumen energía. Pero aquí hay soluciones ingeniosas en desarrollo. Una de las más prometedoras es usar la red de gas natural existente, mezclando hasta un 20% de hidrógeno sin necesidad de modificaciones importantes. Otra opción es convertirlo en amoníaco, más fácil de transportar, y luego reconvertirlo a hidrógeno en destino.
Lo que está claro es que estamos ante una carrera tecnológica y geopolítica de primer orden. La Unión Europea ha puesto el hidrógeno verde en el centro de su estrategia de descarbonización, con objetivos ambiciosos y fondos millonarios. España, con su potencial renovable, su posición geográfica y su industria, podría convertirse en un exportador neto de hidrógeno verde hacia el norte de Europa. Algo así como lo que fue el petróleo para Arabia Saudí, pero en versión sostenible.
Mientras escribo estas líneas, en algún lugar de España, un electrolizador está separando moléculas de agua en hidrógeno y oxígeno usando solo el poder del sol. Es un proceso silencioso, casi poético, que podría estar gestando la próxima revolución energética. Una revolución que esta vez no viene del subsuelo, sino del cielo y del ingenio humano. Y España, contra todo pronóstico, podría estar en la pole position.
La revolución silenciosa: cómo el hidrógeno verde está redefiniendo el futuro energético de España