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El hidrógeno verde: la gran apuesta energética que nadie menciona en la mesa

Mientras los titulares se llenan de debates sobre placas solares y aerogeneradores, hay una revolución silenciosa que está tomando forma en los laboratorios y plantas piloto de medio mundo. El hidrógeno verde, ese combustible limpio producido mediante electrólisis con energía renovable, se está convirtiendo en el elefante en la habitación de la transición energética. Y España, con su potencial renovable y su posición geoestratégica, podría ser mucho más que un mero espectador en este juego.

Los números hablan por sí solos. Según los últimos informes del sector, Europa necesita multiplicar por seis su capacidad de producción de hidrógeno renovable para 2030 si quiere cumplir sus objetivos climáticos. Pero aquí viene el primer escollo: la mayoría de los proyectos anunciados siguen siendo eso, anuncios. Papel mojado en muchos casos, esperando inversiones que no terminan de materializarse o permisos que se eternizan en los cajones de las administraciones.

Lo curioso es que el hidrógeno verde no es una tecnología nueva. La electrólisis lleva décadas entre nosotros. Lo que ha cambiado es el contexto: el abaratamiento brutal de las renovables ha hecho que por fin los números empiecen a cuadrar. O casi. Porque el verdadero desafío no está en producirlo, sino en transportarlo y almacenarlo de manera eficiente y económica.

Aquí es donde la cosa se pone interesante. Mientras algunos países apuestan por reconvertir sus gasoductos para transportar hidrógeno, otros exploran soluciones más creativas. ¿Se imaginan barcos cargueros moviéndose con amoníaco verde, que no es más que hidrógeno con un átomo de nitrógeno añadido para facilitar su transporte? Parece ciencia ficción, pero ya hay prototipos navegando.

El sector industrial está tomando nota. Las cementeras, las acerías, las químicas... todas esas industrias pesadas que hoy dependen de combustibles fósiles y que no pueden electrificarse fácilmente ven en el hidrógeno verde su tabla de salvación. Pero hay un problema de escala: necesitan cantidades masivas y a un precio competitivo. Y ahí es donde el círculo se cierra: sin demanda suficiente, no hay inversión en producción a gran escala; sin producción a gran escala, los precios no bajan; y sin precios competitivos, la demanda no despega.

España juega con ventaja en este puzzle. Tenemos sol, viento, espacio y una posición privilegiada para exportar a Europa y África. De hecho, algunos proyectos en el sur peninsular ya están captando la atención de inversores internacionales. Pero también tenemos nuestras sombras: una burocracia que a veces parece diseñada para frenar más que para facilitar, y una falta de visión estratégica a largo plazo que nos hace perder oportunidades.

Lo más paradójico de todo este asunto es que el hidrógeno verde podría ser la pieza que falta para resolver uno de los grandes problemas de las renovables: su intermitencia. Cuando el sol no brilla y el viento no sopla, el exceso de energía producido en los momentos de abundancia podría convertirse en hidrógeno y almacenarse para cuando haga falta. Sería la batería perfecta, pero a escala de país.

Sin embargo, no todo es color de rosa. Los críticos señalan que la eficiencia del proceso es todavía baja: se pierde mucha energía en la conversión. Y que quizás deberíamos centrarnos primero en electrificar todo lo que sea posible, dejando el hidrógeno solo para aquellos usos donde no haya alternativa. Es un debate técnico, pero también económico y político.

Mientras tanto, en los despachos de Bruselas se redactan directivas y se asignan fondos. El hidrógeno verde ha pasado de ser una curiosidad tecnológica a una prioridad estratégica. Pero entre el papel y la realidad hay un abismo que solo se salta con proyectos concretos, inversiones reales y, sobre todo, con una visión clara de hacia dónde queremos ir.

Al final, la pregunta no es si el hidrógeno verde será parte de nuestro futuro energético, sino cuándo y en qué medida. Y sobre todo, si España sabrá posicionarse no como un mero productor de materias primas, sino como un actor relevante en toda la cadena de valor. La partida está sobre la mesa, y las cartas que juguemos ahora definirán nuestro lugar en el tablero energético de las próximas décadas.

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